Soy un número cuatro

Queridos lectores: ¿se imagina que al nacer nos pusieran un número que determinará toda nuestra vida? El siguiente relato habla de una realidad así, espero les guste, ¡Un abrazo!

Desde que tengo uso de la razón, sé que soy un número cuatro. A veces es difícil lidiar con eso, ya que todo el mundo se mueve de acuerdo a la personalidad que tiene cada uno. Los unos son los perfeccionistas, los dos los que se preocupan por todos los demás, los tres los triunfadores y los cuatro… bueno, los cuatros somos los dramáticos, por lo que todos siempre nos evitan.

Cada número se suele juntar con los suyos, pues tienen miedo a las diferencias. Yo, por desgracia, soy la única en mi salón de clases (y en mi familia) que soy un cuatro. Eso me ha traído grandes problemas de depresión, pero ya nadie se preocupa pues es algo característico de los de “mi tipo”.

Mi madre piensa que siempre exagero todo, y mi padre se sale de la habitación en la que estoy para así evitar tenerme cerca. La maestra revisa mis trabajos por encima y finge que hago todo perfecto, pensando que eso me ayudará a ser más feliz, pero no lo hace.

Así que hoy estoy en este rincón de mi habitación, llorando por ser diferente, sin saber que esa diferencia es la que en un futuro próximo es la que me hará brillar más que los demás y me hará decir con orgullo: “Sí, soy un número cuatro y pude lograr mis sueños”.

Anne Kayve

Imagen de Hebi B. en Pixabay

12 comentarios sobre “Soy un número cuatro

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  1. Tu relato de hoy me recuerda que durante los veranos de 1970 y 1971 fui el número 8. Me explico. Me pasé en esos veranos tres en la Sierra de Ronda en el campamento de las milicias universitarias. En mi compañía estábamos cien caballeros aspirantes a oficial de complemento, y cada uno teníamos un número. Vivíamos en diez tiendas de lona sobre el suelo. En cada tienda, diez. Por mi apellido estaba en la tienda primera, y por orden alfabético era el número 8. Cuando se pasaba lista para ver si faltaba alguien de la compañía nos decía el capitán: Numeresen. Y entones el primero de la lista decía 1, el segundo, 2, y cuando me llegaba a mí, gritaba 8, y así hasta completar los cien. Por tanto, en esa etapa de mi vida militar, antes de ser alférez, era el número. Y nada de nombre y apellidos.

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  2. Anne Kayve. La realidad es que en mi ya larga vida he tenido diversas experiencias. Salí de Huelva con 17 años para ir a la Universidad. Y después de 56 años he vuelto a mi ciudad natal. He tenido la suerte de conocer a personas santas, pues estuve dos años en Roma donde conocí a san Pablo VI, a san Josemaría Escrivá y al beato Álvaro del Portillo. En España conocí a san Juan Pablo II en algunos de sus viajes apostólicos a España. Cuando era un chiquillo de 15 años participé en una película -Pachín Almirante- que se rodó en Huelva. No era de los protagonistas, pero tampoco un “extra”. En Málaga tuve mi primer trabajo en una oficina técnica, pues saqué el título de Ingeniero Industrial. Y como mi padre era médico de los ferrocarriles andaluces, viajé con él en algún otro tren de mercancías, e incluso en una locomotora de vapor, junto al maquinista y el fogonero. Ya ha salido que hice mi servicio militar en las milicias universitarias, donde obtuve el grado de alférez. Y el 15 de agosto de 1978 me ordené sacerdote, y desde entonces me dedico a mi ministerio sacerdotal. Como me gusta escribir, lo hago, pero casi siempre en temas de catequesis, ascética, historia eclesiástica y espiritualidad. Por tanto, cuenta con mis oraciones para que todo te vaya bien. un saludo de Jesús.

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