No me deja dormir

Queridos lectores: el relato de hoy fue una petición. Me gusta escribir de lo que me piden, porque mi imaginación empieza a volar más así. Si se les ocurre algo, pueden dejarlo en los comentarios y en los próximos días escribiré de eso, ¡Les mando un abrazo fuerte!

Hay dos cosas que más amo en este mundo: dormir y a mi novia. En teoría, con eso no tendría que tener ningún conflicto. Sin embargo, ella es un ser de la noche y sus horas de más actividad son las madrugadas. Cuando cada quien vivía con sus padres, eso restaba importancia, ya que simplemente la dejaba hacer sus cosas y yo me iba a acostar temprano. A veces me llamaba, es cierto, y me pedía quedara despierto con ella. En repetidas ocasiones lo hacía, pero siempre tenía la posibilidad de dormir en cualquier momento.

Cuando me fui a vivir con ella a un modesto departamento a las afueras de la ciudad, todo cambió porque sólo teníamos una habitación. Ella empezó a enfadarse de que yo me levantara tan temprano (las cinco de la mañana) y yo de que ella se durmiera tan tarde (a las tres de la mañana).

Fue un choque horroroso, ya que ninguno podía completar su ciclo de sueño. Lo cual ocasionó irritación y molestia en ambos. Un buen día, dos meses después de haber empezado a vivir juntos, nos sentamos a la sala como adultos (jaja claro, éramos apenas unos niños) y hablamos. Teníamos que llegar a un consenso. Desgraciadamente, ninguno quería ceder.

Llegamos al punto en que la sala se volvió mi cama. Ella se quedó en el cuarto porque yo no tuve el corazón para correrla de ahí. Después de todo, la amaba, con todo y su vida nocturna. No obstante, no sirvió de mucho, ya que su gran energía a veces le hacía irse a hablar conmigo de cualquier cosa. Cuando no le hacía caso, me picaba las costillas, lo cual ocasionaba más furia en mí, pero a ella eso le dejó de importar. Siempre estaba puntual ahí en la sala a las dos de la mañana.

Un día que en el trabajo me fue fatal, llegué de mal humor a casa, mem acosté en mi sillón y le advertí que no se acercara y que me dejara dormir. Como era de esperarse, no me hizo caso: acudió a su cita diaria de las dos de la madrugada. Exploté y la pelea creció tanto que agarró sus cosas y se regresó a la casa de sus padres. Así es, a mitad de la noche. Estaba tan enfadado que no se lo impedí.

Al día siguiente, después de dormir mucho, desperté sobresaltado y sorprendido de haber podido dormir bien después de mucho tiempo. Me levanté tan feliz que estuve a punto de ir a buscarla a la habitación, cuando recordé lo que había pasado. De inmediato, la llamé a casa de sus padres, pues había olvidado su celular en nuestro buro.

Cuando me dijeron que ella no había regresado a casa, aventé el teléfono contra la pared, frustrado y enojado conmigo mismo por haberla dejado irse así sin más. Bajé corriendo hacia el estacionamiento para ver si estaba el auto aún. Para mi sorpresa, así era. Sin pensarlo dos veces, me subí y lo encendí. No sabía a dónde iba a ir a buscarla, pero tenía que encontrarla, tenía que hacerlo porque la amaba y porque sabía que me culparía toda la vida si le pasaba algo. Iría primero a su lugar favorito, aquél en el que gastamos horas y horas cuando íbamos en la universidad…

Cuando estaba a punto de arrancar, una mano se posó en mi hombro. Yo grité del susto y hasta apreté el claxon por inercia. Ambos saltamos por el ruido que interrumpió la calma de aquél lugar. Sin embargo, cuando mis ojos la enfocaron, me bajé del coche y abrí la puerta trasera para abrazarla y llorar para desahogarme del mayor miedo de mi vida: perderla.

-Clara, te juro que no me importa que no me dejes dormir, sólo quédate a mi lado.

Desde ese día, ambos dormimos en la habitación y yo, a pesar de odiar que me despierte, siempre estoy listo para platicar con ella a las dos de la mañana mientras ella despierta conmigo a las cinco, hora en que me levanto para ir al trabajo, para desayunar juntos y retomar los temas que no terminamos en la madrugada. Y claro, desde ese día ya no puedo entrar a la casa de sus padres, pues desde esa llamada me odian por haber descuidado, aunque sea unos momentos, a su hija, pero no importa, mientras ella esté aquí a mi lado, sin dejarme dormir.

Anne Kayve

Imagen de Jess Foami en Pixabay

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