Contagio

Queridos lectores: no puedo negar que las noticias del coronavirus cada vez me espantan más. Aún no ha llegado a México, pero no dudo que lo haga pronto. Espero estemos preparados para ese momento, lo cual dudo…. El siguiente relato está inspirado en todo lo que está pasando en el mundo.

Han pasado quince días desde que a mi país llegó el famoso virus mortal. Estoy asustada porque las medidas que se han impuesto no han sido suficientes para frenar el contagio. El gobierno está pensando, incluso, en prohibirnos a todos salir de casa para que no se extienda más.

Mi padre está preocupado y nos ha llevado por última vez a un supermercado para que compremos todo lo que queramos. Creo que sabe que es la última vez que saldremos de casa. Mamá, por su parte, no deja de llorar, por la inminente posibilidad de que alguno de nosotros nos contagiemos. Dany, mi hermana pequeña, no ha venido, porque al ser tan pequeña tiene probabilidades mayores de adquirir la enfermedad. Se quedó al cuidado de mi hermana Leo, la de en medio.

A mi me han traído porque soy la mayor y, por mucho, la más sensata. Al subir al coche, para regresar a casa, mi padre se queda sentado sin encender el motor y me voltea a ver serio. Mamá lo mira de manera extraña, pero no dice nada.

—Lily, Sabes que podemos morir, ¿verdad?

Asiento y siento un nudo impresionante en mi garganta, asustada por las próximas palabras que está por decir.

—He estado hablándolo con tu madre y hemos decidido algo. Todos sabemos que pronto habrá una orden general de no salir de las casas. Sin embargo, no dudo que alguien tenga que hacerlo, para conseguir los alimentos. Ese seré yo. Sin embargo, sé que en cualquier momento me puedo contagiar y las amo demasiado para transmitirles la enfermedad así que… a partir de hoy tus hermanas se quedarán encerradas en la habitación grande, la que tiene el baño. Tú serás la encargada de llevarles los alimentos y de cuidarlas. serás una especie de intermediaria. Tu madre tampoco se acercará a ellas, pues será la responsable de recibirme cada que regrese a casa. Me revisará y se asegurará que no tengo nada. Si detecta algo, gritará tu nombre tres veces y te alejarás de ambos, pues ella al estar tan cerca, ya se habrá contagiado también. Entonces, nos iremos y tú cuidarás a Dany y Leo. No sabemos qué haremos, pero te prometo que cada mañana, en la entrada de la casa, tendrás alimentos y todo lo que necesiten para sobrevivir.

—¡No pueden hacerles eso!

—Lily, ¡Las amamos! Y sólo queremos que vivan —Sollozo mi madre. Sus lamentos me dejaron fría.

Mi padre no espero a decir ninguna palabra más y encendió el coche, para dirigirse directo a casa. Yo no dejaba de llorar ante la posibilidad de perder a mi familia. Esa tan risueña y generosa, ¡No! ¡Ningún miembro tenía que morir! Por lo menos, no por esa enfermedad.

Al llegar a casa, pasamos nuestra última cena juntos. Comimos, reímos, jugamos juegos de mesa y convivimos juntos. Yo intenté poner mi mejor cara, pero no quería que mis hermanas sospecharán nada. Nos abrazamos mucho ese día y mi mamá nos llenó de besos a las tres.

Al ir a dormir, mi padre les ordenó a mis hermanas cambiar de habitación y ellas, al estar tan cansadas, no preguntaron la razón. Amé su inocencia y su despreocupación y en ese momento deseé ser una niña de nuevo para no tener tan presente las consecuencias de todo lo que estaba a punto de pasar.

Después de que se durmieron, mis padres las encerraron con llave y me miraron. Me abrazaron y me dieron un último beso, pues yo tampoco podría acercarme mucho a ellos a partir de ahora.

Al día siguiente, les expliqué a mis hermanas las nuevas reglas y ambas se soltaron a llorar, ¡No querían estar encerradas! ¡No lo iban a soportar! ¡Querían seguir abrazando a papá y a mamá! Sus sollozos me partieron el alma y las tres lloramos y lloramos hasta quedarnos sin lágrimas.

Pasaron 5 días y la predicción de mi padre se cumplió: sólo una persona por familia podía salir, con previa autorización del jefe de la comunidad, a conseguir los alimentos. Él de inmediato se anotó en la lista de proveedores del hogar.

Las cosas iban mejor, los decían las noticias. Las nuevas medidas estaban funcionando…, o eso creíamos. Unas semanas después, mi padre se contagió. Aún recuerdo a mi madre gritando mi nombre tres veces, y a mi mirándolos por última vez saliendo por la puerta de mi casa. No fue la despedida que quería tener con ellos, ¿y si no los volvía a ver? Me quedé en el piso llorando, pero recordé que tenía que desinfectar todo y lo hice usando un equipo de protección.

Cuando me tranquilicé del impacto y cuando terminé de limpiar, fui a ver a mis hermanas. Fingí ante ellas y dije que mis padres seguían en casa, con nosotros, sanos y salvos. Que pronto todo este martirio acabaría y que tendríamos otra cena en familia, como la que tuvimos la última vez. Sus ojos llenos de esperanza rompieron mi corazón. Por un momento, las admiré. Habían aceptado las nuevas condiciones en poco tiempo y se habían adaptado con extrema facilidad. En esos momentos, deseaba ser como ellas, en verdad, lo deseaba…

Como mis padres lo prometieron, cada mañana yo tenía una caja con víveres en la entrada de la puerta, la cual tenía que desinfectar y revisar antes de darla a mis hermanas. A veces, tenían cartas o notas. Por medio de ellas, me enteré de cómo estaba siendo su vida en un albergue para enfermos que habían encontrado. Me preocupaba lo que me contaban: los muertos estaban aumentando. Sin embargo, yo no tenía manera de responderles, lo cual me causaba mucha frustración.

Pasamos dos meses así hasta que un buen día la caja prometida no llegó, por lo cual empecé a alarmarme. Eso quería decir que mis padres… que mis padres… quité ese pensamiento de la cabeza y ese día les di de comer a mis hermanas las sobras del día anterior. Menos mal que iba guardando un poco de todo cada día. No les comenté mis preocupaciones y ellas no preguntaron nada. En parte, tenía la esperanza de que el día siguiente llegará la comida, con una nota de disculpa de mis padres, pero no fue así.

Entonces, supe que me tocaba tomar su papel de proveedora mientras que Leo tendría que ser la intermediaria para proteger a Dany, ¿Cómo transmitir esa noticia a las únicas dos personas que me quedaban? Pasé todo el día dando vueltas por la casa y al final me armé de valor para hablar con ellas. Les conté la verdad. Las tres vestimos de luto a partir de ese día y Leo aceptó con valor las próximas tareas que tenía que cumplir. Dany, por su parte, gritaba que no quería quedarse sola, que también quería ayudar. Tuvimos que hacerla entrar en razón y se enojó con nosotras.

Así fue que, después de meses, Leo salió de aquella habitación y se sorprendió de lo cambiada y descuidada que se veía la casa. Yo me encogí de hombros, en mi estado anímico sólo me había estado preocupando por la comida. Leo me ayudó a acomodar un poco todo y nos dimos un último abrazo. A partir de ahora ya tampoco podíamos tocarnos, ya que yo saldría a la zona de contagio.

Marqué al gobierno para anotarme como proveedora y las expliqué la situación, ellos no hicieron muchas preguntas y me aceptaron. Fue extraño salir y ver a todo el mundo con caras tristes, preocupadas, cubiertos con cubrebocas e, incluso, con bolsas de plástico en todo su cuerpo. La de la tienda me dio su pésame y me dijo que no tendría que preocuparme por el dinero, mis padres habían dado su vida porque tuviéramos comida, por lo menos para un año entero.

—¿Qué? —Pregunté atónita.

—Una asociación estaba buscando a personas para experimentar con ellas posibles curas. Daban una importante cantidad de dinero. Sin embargo, eran muy altas las probabilidades de morir ahí. Me dijeron que estaban dispuesto a ello, con tal de que ustedes tuvieran qué comer.

Con esa noticia, mi corazón se hizo chiquito, chiquito, pues me habían confirmado que mis padres se habían muerto ya. Elegí algunos alimentos y me despedí de ella sin mediar alguna otra palabra con ella. No quería saber más.

Fue cuestión de tiempo para que yo también me contagiara. Cuando me enteré, grité tres veces el nombre de Leo (yo me revisaba sola para que ella no se acercara a mi) y me despedí con la mano. Su última mirada fue de desconcierto y preocupación. Salí de la casa y fui al albergue que me habían recomendado. Ahí conocí a varias personas al borde la muerte y a otras más, muy enfermas. Vi mi futuro, lo que me esperaba. Entonces, escuché los anuncios que debieron haber escuchado mis padres y no dudé en anotarme. Quería que mi muerte valiera para algo. Con el dinero, contraté a una compañía (recién creada) para llevarles la caja de comida a mis hermanas cada mañana y adquirí más crédito para comida. Así ellas no sabrían que ya había muerto.

Le pedí al cielo que el contagio terminará en poco tiempo, para que mis hermanas pudieran sobrevivir y caminé hacia la camioneta que nos llevaría a los laboratorios. Subir a ella era nada más y nada menos que subir al coche de la muerte, pero no importaba mientras que Leo y Dany estuvieran bien.

Anne Kayve

Imagen de TheDigitalArtist en Pixabay

4 comentarios sobre “Contagio

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  1. Y lo mas aberrante es que al virus lo han creado laboratorios con la complacencia del Reino Unido y los EEUU, con fin de conseguir financiamiento para una vacuna que ya tienen; sin importarles las miles de personas a las que les han quitado la vida. Siempre el poder político conjurando con el poder económico (como el caso de Johnson-Johnson) esclavizando al 99% de la población mundial. Un cálido saludo, Anne.

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