Eso no era lo peor que me había pasado #52RetosLiterup (Relato 30)

Queridos lectores: ¡Hoy estamos estrenando imagen en el blog! ¡Que emoción! Dicen que los cambios siempre son buenos, espero que este igual lo sea. Hoy seguiremos con los Retos Literup. Aún tengo la esperanza de acabarlos a tiempo, ¡Un abrazo a todos y a seguir con esta aventura de escribir!

Reto: Escribe una historia que contenga la frase “Y eso no es lo peor que me había pasado”.

El día de ayer pasé un sinfín de acontecimientos, los cuales me hicieron querer desaparecer de la faz de la tierra. Sin embargo, no pude hacerlo, ya que tenía que enfrentarme a los obstáculos que me estaba poniendo el destino en mi camino para convertirme en escritor.

Desperté un poco más temprano, con una gran angustia en el pecho, pues era el primer día en que iba a leer un texto mío frente a un grupo numeroso de personas. Siempre he sido muy tímido, así que temía que algo saliera mal y se rieran de mí. Eso afectaría mi poca reputación como escritor y arruinaría mi carrera por siempre.

Preparé el desayuno con muchas ganas de distraerme y de tener algo que hacer mientras llegaban las cinco de la tarde, hora en que sería la presentación de mi primer libro. No obstante, estaba tan distraído que el fuego de la estufa agarró un poco de mi pijama y la empezó a quemar. Menos mal que me di cuenta a tiempo y pude apagarlo sin mayor inconveniente, pero mis ganas de cocinar y, aún, comer algo, desaparecieron de mí.

Regresé a mi habitación y observé a lo lejos mi único libro escrito y publicado. Eso me hizo olvidar por unos segundos el incidente de la cocina e hizo que de mi se adueñara una gran felicidad. Por una parte, amaba tener el único ejemplar y, por otra odiaba que mi editorial se hubiera atrasado con mi tiraje de libros. Decían que era una estrategia para que la gente estuviera más ansiosa de adquirirlo pero yo me preguntaba cómo diablos iban a hacer una presentación de un libro, sin poder venderlo a otras personas; yo lo consideraba como una perdida de lectores.

Me acerqué y lo tomé con sumo cuidado. Luego me dirigí a la ventana para hojearlo, imaginando en mi mente el escenario que se desarrollaría más tarde en esa vieja biblioteca. Yo hablaría de cómo lo había escrito y como los personajes se habían adueñado de mí, mientras las personas emocionadas se acercarían a pedirme mi autógrafo y a felicitarme por mi gran trabajo.

De repente, mi gato Tyt se abalanzó sobre mis brazos e hizo que soltará mi libro. Aterrorizado vi cómo el libro cayó en la cornisa de la ventana y se resbalaba hacia el suelo del edificio. Maldije en voz alta y le lancé una mirada asesina a mi mascota. Mi gato como respuesta, se echo a correr, para escapar de mi furia.

Salí con rapidez de mi apartamento y me dirigí al elevador con el corazón desbocado, con la esperanza de que mi libro no se hubiera destrozado o que alguna persona hubiera decidido llevárselo. Hubiera ocupado las escaleras, pero hacerlo hubiera sido una misión imposible porque vivía en el piso 7 y mi condición física no era la mejor.

Ansioso apreté varias veces el botón que pedía el ascensor, cuando todo se quedó a oscuras, ¡Se había ido la luz y, con ella, el funcionamiento de los elevadores! ¡Maldita sea la hora en que el casero había preferido ahorrarse la planta de luz para cobrarnos menos!

Frustrado me dirigí a las escaleras y empecé a bajar lo más rápido que me lo permitía mi cuerpo. Cuando estaba a punto de llegar al tercer piso, la señora Mónica se atravesó en mi camino y me impidió seguir corriendo.

—Querido John, no corras, te puedes caer —Me reprendió mientras bajaba lentamente con ayuda de su bastón. Odié en esos momentos que el edificio sólo dejara bajar una persona a la vez.

—Necesito bajar rápido… —Empecé a decir cuando se paró en seco y me volteó a ver enojada.

—¡Chiquillo, respeta a las ancianas! Yo estaba bajando primero —Dijo con firmeza y siguió su camino de descenso. Al parecer, un poco más lento que antes para molestarme. Se puso a propósito en medio para que yo no pudiera pasar.

Después de quince minutos de un lento descenso y un silencio incómodo con la anciana de mi edificio, logré llegar a la calle. Volteé a todos lados y busqué bajo todos los coches, pero no encontré ni un rastro de mi libro.

Enojado, frustrado y triste empecé mi ascenso lento hacia mi departamento, con la única idea de llamar a mi editorial para cancelar la presentación. No podía hacerse ese evento si ni siquiera se tenía un ejemplar.

Cuando llegué, me percaté que por salir tan rápido, no había sacado las llaves, por lo que no tenía ninguna manera de entrar más que buscando al casero, el cual vivía en la planta baja. El edificio seguía sin luz así que tuve que volver a usar las escaleras.

Estaba a punto de tocar, cuando la puerta se abrió. Era la esposa del casero, la cual iba con unas maletas. Se sobresaltó cuando me vio ahí parado.

—¡Oh, John! ¡Me asustaste! Si buscas a Diego, no está y no volverá hoy. Peleamos, John. Y yo he decidido irme —Confiesa mientras me enseña lo que lleva —Ya no voy a regresar —Dice mientras empieza a llorar. Mi reacción automática es abrazarla.

—Lo lamento mucho, Tere. Hacían una pareja entrañable. Te voy a extrañar.

—Lo sé, pero ya no aguanto esta vida. Me voy, me voy —Murmura mientras cierra con un portazo la puerta —Te apareciste en el momento correcto, ¿me ayudas a llevar mis maletas al taxi?

Una parte de mí quería decirle que me prestará las llaves de mi departamento; pero la otra no me dejaba pues me sentía obligado a ayudarla. Asentí y tardé unos veinte minutos en llevar todas sus cosas. Cuando estaba a punto de subirse al auto, me miró, como recordando por fin que yo había ido a verla con una intención.

—¿Qué necesitabas de Diego, John?

—Mis llaves, Tere. Te estaré infinitamente agradecido si me las prestas. Se me olvidaron adentro.

Ella se llevó las manos a la boca.

—¡Oh, John! Dejé mis propias llaves adentro del departamento porque no pienso regresar, ¡Perdón!

Forcé una sonrisa, sintiendo impotencia y me despedí con ella con la mano mientras su vehículo se iba. Cuando me aseguré que ya no me veía, regresé a mi departamento con la esperanza de encontrar la manera de entrar, pero fue inútil.

Entonces, recordé la pesadilla que me había tenido desvelado toda la noche. Estaba yo enfrente de todo el público y cuando terminaba de hablar, todos se reían de mi trabajo y me decían que ni aunque fuera el único libro de la faz de la tierra, lo comprarían.

El ronroneo de Tyt me sacó de mis pensamientos, pero el verlo enfrente a mí me recordó que había dejado abierta la ventana. A lo mejor, sólo a lo mejor, podría entrar por ahí. Me asomé desde el pasillo que unía a los apartamentos, pero me di cuenta que estaba muy afuera de mi alcance.

Respiré profundo para calmarme y decidí ir a buscar a mi editor, para que me prestará ropa y cancelará el evento. Odié no usar otra pijama más moderna. La mía aún tenía ositos estampados. Pero así tenía que salir a la calle, no había de otra.

Bajé los siete pisos de nuevo y empecé a caminar por las calles. Sin dinero, sin esperanza, sin dignidad. Cuando toqué a la puerta de mi editora, la cual vivía a media hora caminando de mí, me abrió su ama de llaves:

—¡La estrella está aquí! ¡Hola, John! ¿Esa pijama es una estrategia también de la editorial para conseguir lectores? —me cuestionó entusiasmada —Lucero está muy contenta, dice que tu libro y tu presentación van a ser un éxito. Yo lo creo firmemente, no la vayas a decepcionar ¿eh? Por cierto, ¿te enteraste que…?

—¡Doña Mary! —La interrumpí, aún más nervioso de lo que ya estaba —¿Está Lucero?

—¡Oh! No, señor John. Salió, pero cuando la vea le puedo decir que se comunique con usted.

Asentí algo pensativo.

—No, dígale que estoy ocupado y que la veo en la presentación. Por cierto, ¿me presta dinero? Haré que Lucero me lo descuente de mis honorarios y se lo pagué.

Me despedí de la señora Mary y me fui a una tienda de trajes para comprarme uno y cambiarme mi pijama de ositos. Con tanto enrededo, no me había percatado que ya eran las dos de la tarde. Después, ya que mi estomago había empezado a gruñir, entré a una cafetería para comer algo.

Estaba pensando en qué hacer con el libro perdido cuando una mesera tropezó y se cayó con todos los alimentos que estaba repartiendo, haciendo que toda mi ropa se empapará de café caliente.

—¡Perdón, perdón, señor! ¡No era mi intención! —Chilló —¡Es mi primer día! ¡Es mi primer día!

Maldije para mis adentros. Definitivamente, no era mi día. Aguante mi ira creyendo que no iba a pasar nada más, pero ¿me creen si les digo que eso no era lo peor que me había pasado?

El gerente del restaurante me recompenso los malos servicios con más dinero y yo, algo apenado, volví a la tienda a comprar otra cosa más barata. La vendedora me vio raro, como si fuera el cliente más extraño que hubiera atendido en toda su vida.

—La que se llevó, era la última de su talla. Ahora sólo le queda elegir la más grande.

—¡La que sea! —Exclamé impaciente. Estaba decidido a salir de la tienda y a dirigirme a la biblioteca para que no me pasara nada más.

Me vi al espejo con las ropas holgadas y odié mi imagen, pero no había otra cosa. Pagué y me fui en taxi al lugar. Para ese tiempo ya habían dado las tres y media.

Grande fue mi sorpresa cuando me di cuenta que la biblioteca ni siquiera estaba abierta, ¿Por qué diablos no tenía mi celular y, aún, me sabía el número de Lucero de memoria?

Me senté en la banqueta derrotado y pasé ahí cuatro horas. Nadie se presentó y yo no tenía forma de comunicarme con la editora. Cuando me di cuenta que nadie iba a ir, tomé otro transporte para la casa de Lucero.

Toqué sin muchas ganas. Ella me abrió y me abrazó con entusiasmo.

—¡Hola, John! ¿Ya estás listo para mañana? Te recomendaría que comprarás otro traje, ese te queda muy grande.

En mis ojos empiezan a llover chispas de enojo y cierro mis puños.

—¿Mañana?

—Sí, en la mañana recibí un mensaje de un lector emocionado que me dijo que encontró tu libro en la calle tirado y que lo leyó tan rápido. Quedó tan impresionado que, como estrategia, decidimos darle más visibilidad y, por eso cambiamos la fecha a mañana, así con esta persona asegurábamos más asistentes, ¿No te llegó mi mensaje?

—No, Lucero, no me llegó —Digo con mi rostro rojo. Por una parte, me siento enojado por todo lo que tuve que vivir ese día y, por otra, me siento aliviado, pues aún tenía la oportunidad de volver a vivir ese día y a disfrutarlo ahora sí.

—Vamos, pasa, hablemos de los detalles.

Entré a su casa un poco más tranquilo. Sin la menor idea de que lo que me había pasado aquél día se iba a multiplicar con creces al día siguiente. Y no, no era lo peor que me había pasado.

Anne Kayve

Imagen de lograstudio en Pixabay

3 comentarios sobre “Eso no era lo peor que me había pasado #52RetosLiterup (Relato 30)

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  1. ¡Brillante! Tiene cuerpo robusto en su narrativa y la mirada del lector se compadece de las desventuras del joven escritor, que padece “per se” la sorpresa como “golpe bien dado” al final del relato. Un cálido saludo.

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