El guardián de la montaña rusa (parte 13)

Queridos lectores: tengo que confesarles que las historias largas, a veces, se me salen de las manos. Eso me empezó a pasar con “El guardián de la montaña rusa” y creo que por eso me está costando tanto continuar. Pero me prometí que no la abandonaría así que les dejó la siguiente parte, ¡Un abrazo gigante a todos!

Cuando terminó de descender, el guardián de la casa embrujada sonrió maliciosamente cuando se dio cuenta que ahí, en un rincón oscuro, estaban los dos niños fugitivos. Uno parecía estar inconsciente, así que se acercó para ver quién de los dos era.

Se sorprendió cuando se dio cuenta que era el pequeño guardián de la montaña rusa. Su querido hijo Thomás lo tenía acostado en sus piernas, mientras unas lágrimas de impotencia cubrían sus ojos.

-¡Hijo! ¿Cómo osas ayudar al enemigo? ¡Este niño no quiere ser tu amigo, simplemente quiere tomar el poder que su tío tiene! ¿Que no lo ves?

-¡Y… yo n…no qui…quiero nin…ningún po…poder! -Exclamó Thomás, con todas las fuerzas que le quedaban, ¿cuando iba a entender su padre que no quería ocupar ese lugar? Ni siquiera estaba seguro de querer quedarse en ese maldito parque de diversiones… ¡No tenía derecho de elegir sobre su vida!

-¡No sabes de lo que hablas, hijo! Yo evitaré que cometas el peor error de tu vida, ya verás.

-¡N… no qui…ero! M…me nie…niego a…a e…se ri…tual!

-Hijo… ¿no sabes acaso que por eso te corté tu brazo? Es todo lo que necesito para hacer la transferencia del poder. No necesito tu autorización -Dijo acercándose y pisando los huesos que se encontraban en el piso sin piedad, con lo cual hacía un ruido que hacía estremecer al niño -Entiende Thomás, que si no te he matado es porque tienes mi sangre y ¡ocuparás ese lugar!

-Pa…papá…, p…or fa…favor.

El guardián de la casa embrujada se agachó, lo tomó con cuidado de los hombros y lo empezó a zarandear.

-¡Entiende! Sé que algún día me lo agradecerás.

Thomás negó con la cabeza, ¡No! ¡Jamas lo entendería ni lo perdonaría! ¡Su brazo…! Nada era más valioso que su brazo y él se lo había arrebatado de una forma muy cruel.

-Mira, si no cooperas, puedo cortar tu otra extremidad y esta vez sólo será de castigo por desobedecerme.

Thomás abrió los ojos muy asustado, ¿sería capaz de eso…? Voltear a ver el cuarto en el que se encontraba lo hizo entender que así era. Su padre era capaz de eso y mucho más.

-Veo que vas comprendiendo, hijo mío. Ahora, ayúdame a llevar a este bastardo al cuarto principal.

Thomás dudo por unos instantes, pero al ver que su padre hablaba en serio, se levantó como pudo y le ayudó´a llevar a su amigo desmayado directo a su destrucción.

Anne Kayve

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Imagen de jing shi en Pixabay

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