ÉL

Queridos lectores: Cada vez me pasa más que las historias que plasmo aquí me parecen mas vívidas, como si en realidad sí fueran parte de mí. De cierta manera, creo que lo son y que cada una refleja un pedacito de mí (ya sean sentimientos, pensamientos, experiencias). Eso me daba miedo, pero conforme los he ido conociendo, me he dado cuenta que quiero correr el riesgo de mostrarme ante ustedes como son. De nuevo, gracias por seguirme en esta aventura. Pasen un bonito martes y nunca dejen de luchar por sus sueños.

Ayer fue mi primer día de clases y fue suficiente para darme cuenta que no quiero volver a ese lugar. Mi madre está muy enojada pero no pienso bajar del ático y, mucho menos, si va a forzarme a ir.

-¡Sofía! ¡Baja ahora! ¡Sólo harás que llegue tarde el trabajo! ¿De dónde crees que vivimos? -Me grita desesperada.

-¡No-voy-a-bajar! -Respondo asomando mi cabeza por la abertura que nos permite entrar ahí. Ella teme este lugar así que no subirá, aunque de eso dependiera su vida… o la mía.

-¡Sofía! ¿A qué le temes?

Entonces, a mi mente se viene la escena que viví en los bosques que cubren la escuela y una desesperación impresionante se adueña de mi pecho.

Era la hora del recreo y yo, como no conocía a nadie, decidí ir a incursionar al bosque sola, a pesar de que nos dijeron que no lo hiciéramos. Después de algunos minutos, vi el árbol más frondoso que hubiera visto en mi vida así que corrí a él y empecé a treparlo. Tenía que observar desde lo más alto de él para sentirme dueña de todo mi alrededor.

Entonces, antes de empezar a subir, una sombra terrorífica apareció de repente, me observó cuidadosamente y después sonrío de manera maliciosa. Yo pude sentir el peligro en esa forma de mirarme, por lo que eche a correr de regreso a la escuela. Con la esperanza de que alguien me salvara de mi perseguidor pero cuando llegué ya no había nadie en el patio, pues habían regresado a sus actividades normales.

Me detuve tantito para respirar profundamente y no desmayarme en ese último tramo que me faltaba, cuando una mano tocó mi hombro. Volteé y ese rostro sin boca me hizo abrir los ojos de par en par. Grité, pero él ahogó mi voz con su mano. Presentía que era el fin, cuando un profesor me vio, se acercó corriendo y forcejeó para que me soltará.

Como era fuerte, lo logró y, como si hubiera sido imaginación mía, desapareció en un santiamén. El maestro que me había salvado no pareció sorprendido por eso, sólo me abrazó y dejó que llorara sobre su hombro.

-¿Cómo te llamas, nena?

-So… sofía -Logré decir.

-Sofí, el bosque está prohibido por algo. ÉL es el dueño de ese territorio y no le importa matar a los que se atreven a incursionar ahí. Promete no olvidarlo.

Lo prometí y me acompañó a casa. Yo me encerré en mi habitación y, como mi madre no llegó hasta la noche, cuando llegó yo fingí estar dormida y no se enteró de nada de lo que me pasó y ahora, estoy encerrada en el ático para no volver a esa escuela.

-¡Entonces quédate ahí! -Grita mi madre y se va azotando la puerta.

Yo, cuando estoy segura de que se ha ido, bajó y me asomó por la ventana temerosa, pues el parte trasera da hacia un pequeño parque. De repente, un rostro sin boca y con los ojos inyectados de sangre, me ve desde ahí y yo grito. Con la completa certeza de que hoy ha sido mi último día de mi vida.

Anne Kayve

Imagen de maraisea en Pixabay

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