El guardián de la montaña rusa (parte 11)

Queridos lectores: ¿Ya están listos para la siguiente parte? Pues…. pues… yo no. Jajaja, ¡Es broma! Hoy las palabras están surgiendo solitas. Espero que nos lleven a un camino interesante. Con ustedes, la continuación de “El guardián de la montaña rusa”, ¡Bonito miércoles!

-¿Dónde está mi heredero, guardián de la casa embrujada? -Preguntó el guardián de la montaña rusa en cuanto le quitaron la venda de los ojos. Estaba atado en una silla en el centro de aquella habitación sombría -¡Lo quiero ver! ¡Ahora mismo! Y si le has hecho daño…

-¡Tranquilo! Aún no le hecho nada, pero lo haré. El ritual lo requiere, Rob, ya sabes. Sólo sigo los protocolos para la transferencia de tu poder.

-¡No te saldrás con la tuya!

El guardián de la casa embrujada sonrió maliciosamente, pues ambos sabían que él, por fin, había ganado esa batalla.

-¿Seguro? Ya lo hice. Mi hijo será el heredero, no tu sobrino.

-¿Eres tan cruel como para sacrificar a un niño? -Bramó Roberto -Él no sabe nada del poder. Además, su destino, desde que nació, fue ocupar ese lugar, ¿qué culpa tiene él si todo conspiró para que eso pasara?

-¡Ja! ¿Destino? ¡Deja de creer en cuentos de hadas, guardián! ¡Eso no existe! -Replicó y luego agarró una jeringa de la mesa más cercana. Ya estaba harto de su charla, así que lo dejaría inconsciente un rato más. Por lo menos, hasta que dieran las tres de la mañana, la hora para empezar el famoso ritual -Son nuestras decisiones las que construyen nuestro camino. Si fuera destino, intentara lo que yo intentara, él terminaría ocupando ese lugar ¿no? y las cosas no son así. Mi hijo lo ocupará, ya verás.

Entonces, se acercó a él para inyectarle aquél somnífero que tanto poder le había dado esos últimos meses, pues era el mismo que ocupaba con todos los niños a los que sacrificaba todas las noches. Rob se resistió, pero como sus extremidades estaban atadas, no pudo hacer nada para evitarlo.

Cuando quedó inconsciente, el guardián de la casa embrujada agarró la llave maestra de su atracción y se dirigió al calabozo. Tenía que preparar a ambos niños también. Su hijo, más adelante, le agradecería lo de su brazo, pues entendería que siempre, para todo, hay que hacer algún sacrificio. Sobre todo, si la recompensa era grande y poderosa.

Cuando abrió la puerta del lugar, se sintió furioso. La puerta de emergencias estaba abierta de par en par y no había rastro de los dos pequeños que le estaban complicando la existencia.

-¡Guardián de la rueda de la fortuna! ¡ASEGURA TODAS LAS PUERTAS! ¡NO-VAN-A-ESCAPAR! -Gritó y, sin esperar alguna respuesta de su supuesto ayudante, bajó por las escaleras de caracol que llevaban al lugar en donde tenía todos los restos de los niños que había asesinado.

Anne Kayve

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Imagen de jing shi en Pixabay

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