El guardián de la montaña rusa (Parte dos)

Queridos lectores: creo que estoy en una especie de transición en la cual los relatos breves ya no son suficientes para mí. Creo que, por fin, podré escribir algo más largo así que lo intentaré. Al principio mi historia “El guardián de la montaña rusa” sólo contemplaba una entrada pero ahorita, conforme he ido descubriendo ese mundo, creo que será algo más largo. Espero que les guste este viaje que estamos a punto de emprender a esa realidad tan diferente (o no tanto) al de nosotros.

Luis, con la casa de su tío a la espalda, miró a su alrededor y, por primera vez desde que llegó, se quedó maravillado con lo que había en ese lugar: miles de niños con una gran sonrisa que corrían sin césar de un juego mecánico a otro, muchos globos de colores atados en algunos puestos de comida y otros más volando, adultos que se permitían volver a la infancia aunque sea unos momentos, olor a… ¡Palomitas! ¡Luis amaba las palomitas! ¡Y de hamburguesa, hot dogs, nachos!

La emoción de ver tanta felicidad alrededor lo hizo echarse a correr por el parque de diversiones y girar, girar, girar sobre sí mismo, riendo y cantando con mucho entusiasmo. No quería perderse de nada, por lo que estaba hasta dispuesto a perder hasta su miedo a los juegos más fuertes del lugar. Por alguna razón, se sentía fuerte y capaz. En el fondo, sabía que lo era, pero jamás había tenido el valor de demostrarlo…

Un sonido, como el de un disparo, lo hizo intentar parar en seco pero como su cuerpo tenía demasiado impulso, no pudo hacerlo de la mejor manera, razón por la cual perdió el equilibrio y cayó de sentón. Un hombre que iba caminando con su hijo corrió hacia él, evidentemente asustado.

-¿Estás bien, chico? ¿Te has hecho daño?

Luis se quedó mudo. Nunca había sido bueno para hablar con personas ajenas a su entorno familiar. Sin embargo, trató de encontrar las palabras suficientes para agradecerle a ese señor su preocupación por él:

-No, estoy bien. Gracias.

-¿Es la primera vez que vienes? -Le preguntó el hijo, el cual se encontraba al lado de su padre. Era robusto y casi de su misma estatura. Luis imaginó que debería de tener casi su misma edad.

-Sí…

-¿Y vienes solo?

Luis asintió, sintiéndose, de repente, un poco solo, ¿por qué su madre no se había tomado el tiempo de enseñarle el lugar en donde había crecido? ¿Por qué nunca lo había llevado a ese parque de diversiones y se conformaba con contarle todas las maravillas que había en él? ¿Tan grave era lo que estaba pasando para haberlo abandonado ahí, con una persona que casi no conocía?

-Oh, vaya -Susurró el chavo y volteó a ver a su padre. Ambos intercambiaron una mirada y al final el padre le dijo:

-¿Estás perdido?

-¡Oh, no! Aquí vive mi tío. Sólo que me quedaré unos días aquí y quería conocer el lugar.

Los ojos del otro niño se abrieron como platos, pero su padre le dio un codazo para que ocultara su reacción exagerada. Con que los rumores eran ciertos, el sobrino del guardián de la montaña rusa había llegado al lugar, por fin. De seguro, quería prepararlo para ser su sucesor, pero él no lo iba a permitir, pues su hijo, lo merecía por llevar viviendo toda su vida ahí.

-¿Quieres acompañarnos? Nosotros igual vivimos aquí y te podemos enseñar todos los secretos que esconden -Le dijo Thomás y vio que su hijo estaba a punto de decir algo al respecto, pero lo miró severamente para que se callará. Más tarde le contaría sus planes.

La cara de Luis se iluminó, pues jamás en su vida había hecho amigos tan rápido. Su madre siempre le metía miedo sobre las personas desconocidas pero ella no estaba ahí para reprenderlo por sus acciones, era libre, ¡Libre!

-Claro -Dijo sonriendo y los tres empezaron a caminar por el parque de diversiones (embrujado), pero Luis no lo sabría hasta unos días después…

Anne Kayve

Leer parte uno

Leer continuación

Imagen de jing shi en Pixabay


			

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