Borroso

Queridos lectores: este escrito nació de un malestar fisiológico que me ha perseguido por meses. Espero que pronto se vaya lejos, lejos y no vuelva más. Mientras eso pasa quiero inmortalizarlo para que, en los momentos que me encuentre bien, esté más agradecida por mi buen estado de salud.

Rita, con gran entusiasmo, sigue realizando sus labores en la computadora. No ha sido un mal día así que se encuentra tranquila y relajada, con la esperanza de que la hora de la salida se haga presente y pueda salir a despejarse un poco de todos aquellos números que han ocupado gran parte de su tiempo en la mañana.

De repente, cuando intenta pararse, se siente mareada. Algo que la saca de onda porque hasta el momento no había sentido ningún malestar. Por tal razón, se sienta en su silla de nuevo para evitar caerse.

Muchas manchas empezaron a nublar su vista y, por más que intentara tallar sus ojos, no se marchaban. Intenta respirar profundo y trata de tranquilizarse. Espera que se vayan pronto pero, en lugar de eso, empieza a sentir un dolor punzante en la cabeza, ¿Qué diablos le está pasando?

Trata de que esos síntomas se vayan pero no lo hacen así que, para que nadie se dé cuenta, decide irse lo más discretamente posible pensando que mientras más pronto llegue a su casa será mejor.

Sin embargo, al intentar pararse de nuevo, vuelve a sentir los mareos y está vez no puede controlarlos. Entonces, corre al baño para no ensuciar nada de su lugar de trabajo.

Una compañera se da cuenta y va detrás de ella. Le pregunta sus síntomas y le insiste en que le tomen la presión. Ella accede pues su estado físico en verdad le preocupa.

Cuando lo hacen, le informan que tiene la presión baja. Maldice para sus adentros pues eso ya le había pasado antes pero nunca encontraron la causa y los malestares simplemente se fueron…

Dio las gracias y se dirigió al médico, por recomendación de sus compañeros. Sentada, ahí, en la sala de espera, sola, se puso a llorar. Por miedo, por impotencia, por no haberse cuidado mejor.

El doctor le dijo que era su turno y ella se limpió las lágrimas, entro al consultorio y le sonrio. Ahora, no quedaba más que aceptar las consecuencias de sus actos y su cruel realidad.

Anne Kayve

Imagen de ShamelessMartin en pixabay

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