Pluma fuente

Con nostalgia, miro el hermoso regalo que me dio aquel chico en mi cumpleaños número 21 y suspiro. A pesar de no tener ni un mes de conocerme, lo que me había dado era perfecto para mi: una pluma fuente. Ojalá yo fuera tan creativa como él.

Entonces, la tomo y, con una hoja en blanco enfrente, me dispongo a escribir una última carta. Tengo tantas cosas que decirle que no sé por dónde empezar.

Después de un rato de reflexionarlo, decido poner “para mi compañero de aventuras” pues eso es lo que es a pesar de todo pero, para mi sorpresa, la pluma se niega a escupir tinta.

Algo frustrada, la desarmo con delicadeza para ver si es el cartucho el culpable de eso y, con un poco de tranquilidad, me doy cuenta que es así. Por lo que voy en busca de uno de reserva y lo coloco.

Ahora sí puedo empezar a lanzar e inmortalizar todo lo que siento y pienso en esa hoja de papel, la cual se convertirá en el regalo más profundo y significativo que puedo dar.

No obstante, la pluma fuente sigue sin funcionar. Me le quedo viendo estupefacta. Nunca me había pasado algo parecido a pesar de que ya llevo casi un año con ella.

Vuelvo a desarmarla y checo, una vez más, cada una de sus partes. No puede dejar de pintar así como así, sin ninguna explicación coherente y, menos hoy, cuando tengo tantas cosas por escribir. Una última carta, es lo único que quiero hacer, ¿es mucho pedir?

No obstante, no encuentro nada fuera de lo normal. Trato de respirar profundo y retiro de nuevo el cartucho. En mi desesperación, lo agito sin precaución para ver si la tinta sirve pero, para mi mala suerte, salpica un poco mi ropa, mis manos y la hoja en blanco que sigue esperando que empiece a escribir en ella.

Con enojo, lo suelto encima de ese papel y trato de limpiarme. En estos momentos, me siento un desastre. Juro que quiero cerrar ciclos pero una, u otra cosa siempre me pone obstáculos para que no lo haga.

Frustrada me doy cuenta que la tinta no va a salir tan fácil ni tan rápido. Me lavo las manos varias veces pero aún veo vestigios de mi desgracia. Después miro el reloj, me tendré que ir así. Ya es tarde. Miro por última vez mis manos manchadas de tinta y las seco con la toalla. Estas cosas sólo me pasan a mi.

Antes de salir de casa, intento limpiar el desastre que he hecho. Veo el cartucho encima de la hoja en blanco y con furia la hago bola. Ya no merece inmortalizar mis letras. Posteriormente, lo aviento al bote de basura.

Guardo las cosas que me faltan en mi mochila y, al ver la pluma, dudo en llevarla. Sin embargo, un impulso me hace meterla. Tengo que encontrar la forma en que funcione o la inspiración que hoy tengo se irá para siempre.

En el camino a la universidad, la saco e intento encontrar de nuevo el problema pero vuelvo a fracasar así que me recargo en la pared y, sin darme cuenta me quedo dormida.

Me despierto algunas estaciones antes de llegar y me doy cuenta que ese artefacto sigue en mis manos. De cierta manera, ya he perdido la esperanza de que funcione. Esa idea me entristece porque sé que tengo que escribir esos versos. Sin embargo, con otra pluma no será igual.

Cuando llego a la universidad, busco un lugar con pasto y entro a Internet. A lo mejor ahí encuentro alguna manera de arreglar mi pluma.

Después de unos minutos, encuentro un post en donde indica que la tinta se puede secar si no es usada por mucho tiempo y que, para corregir el error, se debía lavar con agua fría. Tal vez se debe a eso ya que tuve unos meses de bloqueo mental, en los cuales simplemente la metí a un cajón y la olvide.

Agarro mi botella de agua y vuelvo a desarmarla. Es la última oportunidad de que sirva. Respiro profundo y lo hago. Con entusiasmo me doy cuenta que el agua hace que la tinta atorada empiece a fluir.

De cierta forma, ver como las gotas de tinta caen al pasto causa en mi una extraña satisfacción. Entonces, sonrío. Es hora de empezar a escribir.

Anne Kayve

Imagen tomada de: Vector de escuela creado por starline – www.freepik.es

3 comentarios sobre “Pluma fuente

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