El tiempo no perdona

El doctor ve los análisis que has llevado con detenimiento. Tu corazón se acelera ya que sabes que la expresión que está haciendo no es buena. Sabes que ese día te puedes enterar de algo que puede cambiar tu vida para siempre.

Él te mira de reojo y vuelve a mirar los resultados. Tienes muchas ganas de gritarle que te diga de una vez qué es lo que tienes y que si existe una cura para eso. Sin embargo, el nudo que se ha formado en tu garganta te impide hacerlo.

Justo en ese momento deseas otra oportunidad para vivir, no sobrepasarte con tus vicios y haber realizado más ejercicio. Anhelas que tu cuerpo sea joven de nuevo para sentir de nuevo que puedes con todo. Sin embargo, demasiado tarde ya te has dado cuenta que el tiempo no perdona. 

-Me temo que tengo malas noticias.

Tu primera reacción ante esas palabras es taparte los oídos. No quieres saberlo. Una parte de ti quiere seguir viviendo en la ignorancia. No sabes si podrás sobrellevar la triste realidad que amenaza con cernirse ante ti.

El doctor deja que te tranquilices antes de seguir hablando. Los años le han enseñado que ante ese tipo de casos debe estar calmado y acompañar a sus pacientes en el camino de la aceptación.

-¿No quiere que alguien lo acompañe para escuchar el diagnóstico que tengo? – Preguntó con tono paternal. Te conoce desde que tuviste a tu primer hijo así que de cierta manera hay cierto lazo emocional entre ambos.

Niegas con la cabeza. No es que no quieras pero sabes que no tienes a nadie. Te encargaste todos estos años de alejar a todos y ahora estás solo, solo, solo. Esa última palabra se queda haciendo eco en tu cabeza y, sin poder evitarlo, unas lágrimas empiezan a rondar por tus mejillas.

Él, de manera inesperada, deja su lugar y se sienta a tu lado. Te dice que tienes una enfermedad terminal y que no te quedan más de seis meses de vida. Te abraza y te recomienda que busques la forma de irte en paz, sin ningún pendiente.

Tu simplemente te desbordas en llanto. No sabes como llegaste a ese punto. Solo y enfermo. Una idiota forma de partir de esta única vida que tienes.

Cuando te has tranquilizado, le das un apretón de manos, de esos que siempre te han caracterizado y te marchas. Empiezas a caminar sin rumbo fijo hasta que te das cuenta que has llegado a la colonia en donde vivías de pequeño.

Incluso te puedes ver ahí, en esas calles jugando con la pelota y saliendo con las primeras chicas que se te atravesaron en tu juventud.

De repente, alguien pone su mano en tu hombro. Sorprendido y alarmado te volteas pues no tienes conocidos en ese lugar. Sin embargo, el rostro que ves te hace entender todo: tu tiempo se ha acabado y, por más que quieras, no te va a perdonar nada.

La muerte te tiende la mano y tu la agarras. Sabes que es hora de marcharte con ella.

Tal vez en otra vida puedas hacer las cosas bien… Sólo tal vez.

Anne Kayve

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